Estuve días sin dormir.
El collar seguía en mi mesa de luz. Lo miraba, lo tocaba, pero no me animaba a ponérmelo. Era como si fuera una llave invisible que él tenía… y yo solo esperaba que volviera a usarla.
En la oficina, todo seguía igual. Él, distante. Yo, confundida, excitada, y más sumisa que nunca.
Cada vez que pasaba por su lado, mi cuerpo reaccionaba solo: pezones duros, mi sexo latiendo, el recuerdo de su lengua… su mirada cuando me decía “sos mía”.
Pero no me hablaba. Ni una nota, ni un mensaje, ni una flor. Solo silencio. Y su perfume en los pasillos.
El viernes siguiente, ya sin esperanzas, me llegó un correo. No un mail laboral, no… uno que solo decía:
“Traé el collar. Y no uses ropa interior.”
Nada más.
Sentí un espasmo en el vientre. No podía ni respirar. Mi cuerpo temblaba como si fuera virgen otra vez.
Corrí al baño de la oficina y me masturbé sin culpa. Solo necesitaba llegar viva a la noche.
21:55. Tocó el timbre. Yo ya estaba lista.
Sin bombacha, sin corpiño, y con el collar en la mano.
Él abrió la puerta, sin decir una palabra. Esta vez no había antifaz. Su mirada estaba seria, concentrada, más dominante que nunca.
Me quitó el abrigo, me colocó el collar… y me besó.
Un beso profundo, húmedo, con lengua y mordidas.
Ese beso que dice “vas a ser mía hasta que no puedas más”.
Me tomó de la mano y me guió hasta la habitación, donde todo ya estaba preparado.
En la cama, había una tabla larga, con esposas acolchadas, velas encendidas y un plug anal con una joya roja al final.
Me miró a los ojos, mientras sostenía el plug en la mano, y dijo:
—Esta vez vas a aprender a soltar el control por completo.
Me quitó la ropa con lentitud, sin romper el silencio. Me acarició el cuello, me susurró que era hermosa… y me puso de rodillas.
Su verga estaba dura, caliente, latente. Me la apoyó en los labios, pero no me dejó chuparla.
—Todavía no. Primero, vas a demostrar que sabés obedecer.
Me acostó en la tabla, me ató las muñecas y los tobillos, completamente expuesta. Me vendó los ojos y encendió un vibrador pequeño que colocó sobre mi clítoris.
No me dejaba mover.
Cada vez que me quejaba o me arqueaba de placer, lo apagaba.
Jugaba conmigo como si fuera suya, como si mi orgasmo dependiera solo de su permiso.
Y sí… lo era.
Me colocó el plug, lentamente, con lubricante tibio.
Lo sentí entrar, llenarme, dominarme desde adentro.
Él gemía mientras me observaba.
Después, empezó a besar mi cuerpo: cuello, pezones, ombligo, entrepierna. Me lamía con hambre, con maestría.
Metía dos dedos en mi vagina mientras me succionaba el clítoris, y me hacía vibrar toda.
—Todavía no, putita —me decía al oído—. Todavía no.
Mi cuerpo le rogaba por una orden, por un permiso.
Me sentía completamente entregada.
Y cuando por fin lo dijo —“Ahora podés correrte”—, exploté.
Grité. Me vine como nunca. Toda mojada, toda suya.
Pero no terminó ahí.
Me desató, me dio una copa de vino, y me hizo caminar por la habitación con el plug puesto.
Cada paso era una tortura deliciosa.
—Quiero que te sientas llena… porque sos mía por dentro y por fuera.
Después, me tomó con fuerza. Me apoyó contra la pared, levantó mi pierna y me penetró.
Su verga caliente entrando con fuerza.
Mi espalda contra el muro, su cuerpo dominándome.
Los gemidos se mezclaban con las embestidas.
Y yo… yo lloraba de placer.
Cuando terminó, me abrazó. Me acarició el pelo.
Y me dijo:
—Ahora sí… te ganaste tu premio.
Sacó de una caja una bolsa llena de gomitas y un chocolate con corazón de frambuesa.
Sonreí como una nena.
Me senté a su lado, desnuda, con el collar puesto y el dulce en la mano.
Y entendí que no se trataba solo de sexo.
Era entrega. Confianza. Juego. Poder. Amor…
¿Era amor?





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