No sé si fue la música, o el calor espeso del ambiente, o esa luz roja, tan baja, tan carnal, que pintaba las paredes como una herida abierta. Pero esa noche, desde que crucé la puerta de El Umbral, supe que no iba a salir igual. Algo adentro mío había empezado a latir distinto, como si por fin estuviera en el lugar exacto donde mi cuerpo se podía desatar sin pedir permiso.
El aire estaba cargado de cuero, incienso y un dejo a transpiración dulce. No era sucio, no. Era orgánico, como si el deseo flotara suspendido, pegándose a la piel como una segunda capa. El lugar era una caverna gótica: paredes de ladrillos a la vista, cortinas de terciopelo negro, jaulas en los rincones, cruces de San Andrés, cadenas colgando y luces rojas que parpadeaban como el pulso de un animal dormido.
Yo estaba nerviosa, excitada, medio poseída. Me había vestido para ser mirada. Un body negro de encaje que se abría entre mis tetas, dejando ver apenas los pezones a través de la trama. La tanga a juego me cortaba justo entre las caderas, y arriba, una minifalda ajustada de cuerina negra que subía con cada paso. Llevaba botas hasta las rodillas, taco alto, y una gargantilla con una argolla al frente. El aire me recorría húmedo por debajo de la ropa, y cada roce de mis piernas al caminar me hacía sentir el centro húmedo, caliente, pidiendo.
Ella estaba detrás de la barra. Sentí su presencia antes de verla. El cuero de su corset brillaba con los reflejos de las velas. Usaba guantes largos, hasta el codo, y el pelo atado en un rodete tirante, con dos mechones violetas cayendo como látigos suaves a los costados de su cara blanca. Sus ojos eran dos cuchillas. Oscuros. Me atravesaron. Me quedé quieta.
Sin decir nada, me sirvió una copa de vino tinto espeso. Me la alcanzó. Nuestros dedos apenas se rozaron. Fue eléctrico.
—¿Primera vez en el Umbral? —me dijo.
—Sí —contesté, con la voz más baja de lo que pensaba.
—Entonces cerrá los ojos y escuchá tu cuerpo. Él va a saber qué hacer.
No supe qué responder. Sólo asentí. Ella apoyó la copa sobre la barra.
—Poné las manos acá. Quiero verte.
Mis palmas tocaron la madera fría, mis piernas se aflojaron un poco. La música subía y bajaba en una frecuencia que parecía respiración. Sus pasos rodearon la barra. Sentí cómo se paraba detrás mío. El calor de su cuerpo me quemaba la espalda. Me subió la falda con una lentitud insoportable, como si supiera que la espera me abría más que cualquier orden.
—Sin tanga, como una buena puta —susurró cerca de mi oído. Su voz era una cuerda de terciopelo que me ataba sin fuerza. Me hizo abrir las piernas. La humedad entre mis muslos era descarada. Me sentía expuesta, ofrecida, deseada. Y eso me mojaba más.
El primer chirlo me sacudió de un lado a otro. Seca. Justo en la nalga derecha. Gemí. No lo pude evitar.
—No te dije que hicieras ruido —me corrigió, y vino el segundo golpe, en la izquierda. Más fuerte. Me mordí el labio. Quise decir algo, pero me detuvo poniéndome dos dedos sobre los labios. Me los apreté contra la lengua.
—Quieta —ordenó—. Esto no es para vos. Esto es para mí.
Me empujó apenas hacia adelante. La barra me cortaba la parte baja del vientre. Me apoyé con fuerza. Sus dedos viajaron por la parte interna de mis muslos, lentos, hasta llegar a mi sexo. Me abrió con dos dedos y apenas tocó la humedad de mis labios.
—Estás empapada. Recién empieza y ya estás goteando.
Me humedeció con la yema del dedo y me lo mostró frente a la cara. Me lo metió en la boca y me hizo chuparlo. Lo hice con los ojos cerrados, tragando mi propio sabor, sabiendo que le pertenecía aunque aún no lo dijera.
Me penetró con un dedo. Lento. Profundo. Exhalé. Después con dos. Me sujetó de la nuca y me inmovilizó con su cuerpo. Empezó a mover la mano con ritmo, con fuerza medida. La barra crujía bajo mis caderas, y cada embestida de su mano me arrancaba un gemido que intentaba callar mordiéndome el brazo.
—Mirá cómo te abrís para mí… —dijo, mientras sus dedos entraban y salían, cada vez más mojados—. Sos mía esta noche.
Sentía su guante rozándome la piel, el cuero de su corset contra mi espalda. En algún momento, se inclinó y me mordió el cuello. Yo temblaba. Me agarró del pelo, fuerte, y me hizo levantar la cabeza.
—No vas a acabar hasta que yo te lo diga. ¿Entendiste?
—Sí, dueña… —dije con un hilo de voz.
—Bien.
Me soltó. Se agachó. Sentí su lengua caliente recorrer mi entrepierna, abriéndome de nuevo, lamiéndome con una devoción sucia. Me sujetaba de las caderas mientras me comía. Sus labios atrapaban mi clítoris, succionaban con un ritmo que me volvía loca.
Quise moverme, pero me mantuvo firme. Su lengua, rápida y profunda, se metía entre mis labios, entraba, salía, volvía al centro. Me hacía vibrar. El calor me subía por la columna, y cuando estuve a punto de acabar, se detuvo.
—No todavía —dijo.
Se puso de pie. Me dio otro chirlo. Esta vez, más abajo, cerca del sexo. El sonido fue más húmedo que seco. Me arqueé. Sentí que estaba fuera de mí.
—Dame tus manos —ordenó. Se las di. Me ató las muñecas con una cuerda negra que sacó de su corset. Me giró. Me hizo mirarla. Tenía los ojos llenos de deseo, pero no perdía el control.
—Vas a suplicarme que te deje acabar. Y cuando lo hagas, vas a decir mi nombre.
—¿Cuál es tu nombre? —pregunté, sin aire.
—Para vos, esta noche, soy simplemente Dueña.
Me arrastró suavemente hacia un rincón del bar, semioculto por una cortina pesada. Nadie decía nada. El lugar parecía tener su propio pacto de silencio. Me hizo arrodillar sobre un almohadón rojo. Se sentó en una silla frente a mí, cruzó las piernas.
—Quiero que me chupes como si tu vida dependiera de eso.
Se abrió el corset. No llevaba nada debajo. Sus tetas eran blancas, firmes, con pezones duros, casi morados por el frío. Me acerqué, atada, temblando, y le besé uno. Después, el otro. Me sostuvo de la nuca y me empujó contra su pecho.
—Más fuerte. Quiero sentir tu hambre.
Chupé, lamí, mordí con cuidado. Ella gemía bajo, casi como una orden. Me frotaba la cara contra sus tetas. Después se paró, se sacó la parte de abajo. Tenía una pija de arnés. Negra, con textura. Se la acomodó y se sentó otra vez.
—Abrí la boca.
Lo hice. Me penetró de un solo movimiento. La sentí en la garganta. Me atraganté. Lloré. Me sostuvo la cabeza con las dos manos y empezó a moverse. Me cogía la boca con ritmo, con brutalidad hermosa. Yo babeaba, sentía el sabor del látex mezclado con mi saliva, mis lágrimas, mi entrega.
—Sos buena en esto —dijo—. Muy buena. Pero todavía no acabás. No todavía.
Me sacó la pija de la boca, me levantó de los brazos, me apoyó contra la pared. Me desató las manos y me hizo abrirlas. Me penetró de nuevo, esta vez con la pija, desde abajo. Me sostenía de las caderas. Me levantaba y me dejaba caer sobre ella.
—Ahora, sí. Quiero que acabes. Quiero que grites mi nombre.
—Gracias, Dueña… gracias…
Acabé. Acabé con el alma. Mi cuerpo estalló. Sentí las piernas vaciarse. Grité. Me aferré a ella. Me dejé caer.
Después todo fue silencio. Me besó la frente. Me tapó con su abrigo. Me sirvió otra copa. Me acarició el pelo como si me conociera de antes.
Yo sabía que no era la última vez que iba a volver al Umbral. Pero esa noche, esa primera vez, me marcó. Como un tatuaje invisible entre las piernas.



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