[EDUCACIÓN] Infidelidad: nadie gana en un triángulo







 La infidelidad es una de esas heridas que marcan. Todos fantaseamos, en algún momento, con lo prohibido… pero cuando lo prohibido se hace carne, el dolor que deja puede ser insoportable. Lo viví. Y no una sola vez.


Fui engañada por el hombre que fue mi primer amor adulto. La ilusión, los planes, los sueños compartidos… todo se rompió. ¿Lo perdoné? Sí. Pero también lo engañé. Y lejos de sanar, eso solo nos hundió más. Terminamos atrapados en una relación tóxica, con más culpas que caricias. Con el tiempo nos separamos. Él nunca volvió a formar pareja, porque —según sus palabras— “no quiere que lo engañen”. Yo, más crédula, me animé dos veces más… y el ciclo se repitió.



Hoy tengo una relación madura, construida con tiempo y diálogo. Aprendí a comunicar lo que siento, lo que deseo, lo que me falta. A veces, el secreto está en poder hablar antes de actuar.


Y entonces me pregunto:

¿Quién sufre más cuando hay infidelidad?

El infiel, la pareja, o la amante…

Cada rol carga con su propio infierno.





El infiel se divide entre el amor seguro, el compañerismo de su pareja… y la adrenalina, el misterio, el deseo descontrolado de lo nuevo.

La pareja vive la traición como un quiebre: se mezcla el dolor con la rabia, la tristeza con la humillación.

Y la amante… también siente. Se enreda entre el deseo, la ilusión de amor, el juego de lo oculto, y muchas veces, una compasión incómoda por esa otra persona que, sin saberlo, también está siendo herida.



Nadie sale ileso. Nadie gana.

Los triángulos no tienen finales felices.



¿Se puede amar sin engañar?

¿Se puede desear sin herir?

Hoy hay más modelos de pareja. Se habla, se negocia, se pacta. Lo importante no es la estructura, sino el respeto, la honestidad… y la elección de no repetir lo que una vez nos rompió.


¿Querés sumar tu historia?

¿Te tocó ser infiel, ser la pareja, o ser la amante?

Te leo.

 


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