[RELATO ERÓTICO] Aprendiendo a complacer





Eran las 8:30 a.m. Llegaba tarde a la oficina. Me quedé dormida y el tráfico era terrible. Llegué más tarde que de costumbre. En mi escritorio me esperaba una caja de golosinas. Tenía todo lo que me gustaba y otra nota: "Eres mía para siempre. Mañana, misma hora..."

Mi sorpresa fue tal que pensé que mis compañeros se darían cuenta de quién era mi admirador secreto. Al mirar hacia su oficina, la puerta estaba cerrada y las cortinas ocultaban lo que pasaba adentro. Me dijeron que el jefe estaba ocupado con unas amigas, y que una de ellas sería la nueva redactora de la revista de la editorial. Pensé: ¿Quiénes serán esas mujeres? ¿Y habrá algún motivo para que cambien a la redactora actual, que es una mujer grande?

Después de un rato, salieron. Él se acomodaba la corbata y sonreía a las mujeres, que eran las mismas de la fiesta: la morena fitness, la pelirroja y una desconocida. Una rubia de curvas perfectas, como a él le gustan. ¿Sería ella la nueva compañera?

Me llamó a la oficina y me preguntó por qué llegué tarde. Le expliqué que me quedé dormida, y encima el tráfico estaba muy complicado. Me preguntó si había recibido su mensaje con la caja. A lo cual respondí que sí...

Me pidió que comprara el almuerzo y usó eso como excusa para averiguar cuál era mi comida favorita. Italiana, dije. Sabía que me esperaría con algo rico para cenar.

Las horas no pasaban más. Yo solo quería que fuera mañana...
Esa noche dormí poco y muy mal.

 El ruido del timbre me despertó. Era una entrega: una caja de zapatos con una nota que decía "Quiero que los uses hoy, con tu vestido..."



El día en la oficina transcurrió como suele hacerlo un día atareado. Me llevó más tiempo avanzar con el manual de Márquez que con cualquier otro libro. Me tocó traducir un Kamasutra de BDSM... y mis fantasías volaron. Comencé a imaginar lo que pasaría hoy.


Me venía a la mente el olor de su perfume penetrando mis sentidos, su voz grave diciéndome "Ahora eres mía para siempre" mientras me ponía el collar de cuero. Mi piel se estremecía con sus caricias; me mojaba al sentir sus manos calientes sobre mí.


Tomé la posición de sumisión: desnuda, de rodillas en el piso helado. Las cerámicas estaban frías, pero el calor de mi cuerpo las calentó rápidamente. Tenía los brazos apoyados en el piso, el pecho hacia adelante, mis tetas expuestas, la cabeza mirando hacia arriba. Me dijo que el juego de hoy sería medir mi resistencia.


Sacó una vela roja, de esas que dejan cera al derretirse, y comenzó a dejar caer gotas en distintas partes de mi cuerpo. Algunas quemaban, otras apenas las sentía. Empezó por mis pechos y brazos, donde la distancia marcaba el calor en mi piel. Siguió por mis muslos, cubriéndolos de rojo caliente, como mi sangre, que hervía por sus manos.


Decidí tomar el control y dejar de ser sumisa. Empecé a besarlo, a tocarlo para quitarle la ropa. Verlo desnudo sacudió mi interior: su pecho perfecto sin vello, su espalda protectora, sus brazos fuertes que daban seguridad, su abdomen plano que me llevaba a observar esa "V" que se forma bajo el ombligo... como una flecha que apunta a lo que deseaba.


Sus vellos eran prolijos y cortos. Su tronco, firme. Su cabeza rosada, suave y brillante. No podía ocultar su erección. Hice lo que mejor sabía hacer: lo tomé con mi mano, comencé a besarlo, a lamerlo con suavidad. Me lo metí en la boca y jugué con mi lengua. Pasé por todos sus pliegues y recovecos. Su piel, en esa parte, era tan suave que no podía dejar de tocarlo.


Oli sus huevos y, automáticamente, mi lengua salió a lamerlos con delicadeza. Volví a metérmelo en la boca. Su sabor único invadía mis sentidos. Tenía que sacar ese jugo precioso de adentro y saborearlo, así que aumenté la velocidad. Mi saliva caía por su pelvis; deseaba que me penetrara la garganta con su miembro tan viril y duro.


Era un pene estéticamente perfecto, que me hacía desearlo más y más. Subí la intensidad de mi felación, mirándolo a los ojos con una mirada posesiva. Los dedos de sus pies se doblaban de placer. Sentía cómo la sangre subía a su cabeza con fuerza. Sabía que era mi momento.


Aumenté la velocidad y la intensidad. Comencé a sentir cómo brotaba ese líquido precioso de adentro suyo. Qué sabor tan dulce... era exactamente como lo imaginaba.


De repente, un golpe me sacó de la fantasía. Un accidente entre el chico de la limpieza y la mujer de redacción. Chocaron y tiraron todos sus papeles. Me hicieron salir del trance. Volví rápidamente al trabajo.

Llegó la hora de volver a casa y prepararme para verlo a él. Me arreglé como cuando fui a la fiesta, incluso con la liga de diamantes en mi pierna. También me puse los zapatos que llegaron esa mañana. Eran muy elegantes, altos, del mismo color rojo vino del vestido.


Llegué a su casa. Me esperaba con todo ambientado: velas por todos lados, y el aroma a madera y sándalo envolvía el ambiente. Ese olor siempre me generó una excitación especial. Me dijo:

—Entrá al baño y cambiate la lencería.


Había un conjunto verde azulado que contrastaba con mi vestido. Hacían una combinación perfecta. Al salir del baño, me dijo:

—De rodillas.


Me corrió el cabello hacia un lado y me colocó el collar.

—Vamos a salir —añadió.


Fuimos a presenciar una sesión de BDSM en una fiesta privada donde se reunían dominantes y sumisos. Me encontré con un mundo lleno de protocolos, disciplina, respeto y buen trato. El lugar tenía una luz tenue, apenas iluminado por velas y algunas luces bajas. Había sillones alrededor y un escenario, donde pronto comenzaría el show.


Un sumiso subió y se colocó en la cruz de San Andrés. Después, otro sumiso se metió en una jaula. En el centro de la escena, una sumisa comenzó a bailar en un diván, siguiendo la música, para su Amo y toda la audiencia. Luego, el primer sumiso fue azotado con un látigo por su Dominante. Al ver eso, mi cuerpo reaccionó... me excitaba tanto que deseaba estar en su lugar.


Cuando el Amo comenzó a interactuar con el sumiso de la jaula, él me dijo:

—Vamos al bar por unas copas. Eso no me gusta. Que actúen como animales... no me va, pero no juzgo.


Ya en el bar, seguimos escuchando el espectáculo a lo lejos. Me preguntó cómo me sentía, si me gustaba el lugar, si estaba cómoda. Me explicó que estos espacios tienen reglas claras: por ejemplo, quienes usan collar son sumisos, pueden estar con su Amo o estar en busca de uno. Los Amos, por lo general, tienen una apariencia firme y seria.


En ese momento, sacó una correa, la enganchó en la argolla de mi collar y dijo:

—Ahora nos vamos.


Un auto nos esperaba. Nos llevó a un edificio en el centro. Me miró y dijo:

—Hoy será una noche especial.


Entramos al edificio... y subimos a un departamento ambientado en un estilo gótico-victoriano. Muebles de BDSM, muchos juguetes sexuales: látigos, floggers, paletas de nalgadas, fustas y más. La iluminación era baja, apenas justa. Había un banco de potro, una cruz de San Andrés, y varios caños como para pole dance, donde podían atar al sumiso. El olor del lugar era una mezcla deliciosa entre cuero, madera y café. Esos aromas que te generan dopamina.


Me pidió que me quitara el vestido, que íbamos a tener una charla muy importante antes de comenzar. Me puse en posición de sumisa, de rodillas, esperando sus palabras. Su voz me estremecía. Y entonces me trajo de vuelta a la realidad con lo que dijo:


—Antes de empezar esta sesión, vamos a establecer las bases y los protocolos a seguir.

—Te voy a guiar en este camino del BDSM, donde lo más importante es que vos quieras hacer las cosas y que puedas confiar en mí.


Me pidió mi consentimiento verbal, explicándome que nunca pasaría mis límites. Una vez concedido eso, me habló de cómo debía dirigirme a él cuando estuviéramos en dinámica D/s (dominante/sumisa):

—Quiero que me llames Mi Amo. Y siempre digas “por favor” y “gracias”.

—Tenés que pedir permiso.


Me aclaró que esto no era para todo el tiempo, sino solo cuando tuviera puesto el collar. En ese momento dejaba de ser una persona independiente, para rendirme a sus pies.


Me pidió que eligiera una palabra clave, una palabra fácil de recordar como “palabra de seguridad”. Con ella podría frenar cualquier práctica o detener toda la sesión si algo llegaba a mis límites. También me explicó que las sesiones no tienen un tiempo establecido.


Entonces me tomó de la correa y me atrajo hacia él. Me susurró:

—Mientras uses el collar, sos mía. Y harás todo lo que te pida y ordene.



Me ordenó salir del cuarto y acercarme al bar del otro ambiente para prepararle su whisky, exactamente como a él le gusta. Cuando volví, ya tenía todo listo para comenzar.


Me puso un antifaz ciego y una mordaza. Mis muñecas estaban extendidas al frente, esposadas al caño superior del techo, con los brazos por encima de mi cabeza. Besó tiernamente mis labios y empezó a acariciar mi cuerpo con sus manos, calentando mi piel para lo que vendría.


Me dio unas nalgadas con la mano. No dolían; me encantaban. Buscó una fusta que colgaba de la pared. Con los ojos vendados, yo no sabía qué usaba. Solo sentía. La mordaza me hacía babear, no podía quejarme, solo gemir. Un golpe. Otro. Y otro.


Aumentó la intensidad. Buscó un flogger, que sabía usar con precisión. Cada golpe me hacía desear más. Mi piel empezó a enrojecerse, lo cual lo excitaba aún más. Subió al siguiente nivel: usó una paleta que decía Brat, que quedó marcada en mi piel. Con cada golpe, me sentía más encendida.


Decidió medir mi excitación: acarició mi vulva, y penetró mi vagina con sus dedos. Los movía dentro de mí, generando un placer tan profundo que llegué a mi primer orgasmo. Sacó sus dedos mojados y los lamió. Me desató y quitó la mordaza. Fue un alivio poder mover los labios otra vez.


Me llevó al banco de potro, donde colocó un dildo en mi vagina y un plug en mi ano. Me sentía llena, pero solo quería sentirlo a él. Ver su cuerpo. Entonces bajó el cierre del pantalón sin sacarse la ropa, y liberó su pene. Me penetró la boca mientras sostenía mi cabello con una mano y, con la otra, usaba el flogger para seguir golpeándome la espalda. Me sentía tan mojada, tan excitada… disfrutando cada movimiento.


Decidió que era momento de ir a la cama. Me obligó a abrir las piernas con una barra que las mantenía separadas, atada a mis tobillos. Quedaba completamente expuesta. Mi vulva estaba hinchada, roja, llena de sangre caliente por las ganas de alcanzar mi segundo orgasmo.


Comenzó a lamerme la piel, de a poco, bajando hasta mi entrepierna. Jugaba con mis límites, restringiendo mis orgasmos. Lamía y succionaba hasta llevarme al borde... y frenaba. Así estuvo un buen rato, hasta que rogué por acabar:

—¡Déjame acabar, Dios!


Me corrigió con un pellizco en el pezón, que dolió, y me dijo con voz firme:

—Pedilo de la forma correcta.


Seguía tocándome y me excitaba aún más. Le supliqué:

—Por favor, dejame acabar...


Otra corrección. Firme.

—Usá las palabras correctas.


Y recordé...

—¡MI AMO, por favor, déjame acabar!


En ese instante, mi cuerpo explotó de placer.

Me quedé unos segundos en silencio. El eco de mi orgasmo aún vibraba en mi cuerpo. Respiraba agitada, con la piel caliente, el cuerpo tembloroso y la mente entregada. Sentía una mezcla de agotamiento, ternura y plenitud.


Mi Amo se recostó a mi lado. No habló enseguida. Me acarició el pelo, me besó la frente y me susurró al oído:

—Lo hiciste muy bien, princesa.


Esas palabras me atravesaron. Una lágrima se escapó sin permiso, no de tristeza, sino de alivio. Me sentía validada, cuidada, deseada. Y sobre todo… segura.


Me desató con cuidado, quitó la barra de mis piernas, el collar de mi cuello, y besó la marca que había dejado en mi piel.

—Ahora sos solo vos. Ya no estás en rol.

Me lo dijo con una dulzura tan profunda que me hizo sentir abrazada con cada palabra.


Nos cubrimos con una manta suave. El ambiente ya no tenía tensión, solo una paz nueva. No era silencio incómodo, era un silencio lleno de conexión. Me acariciaba la espalda lentamente, como si mi cuerpo fuese un mapa sagrado que él supiera leer mejor que yo.


Después de unos minutos, me preguntó si quería hablar de lo que habíamos vivido. Me ofreció agua, y preparó una ducha para mí. Me ayudó a levantarme. Caminamos al baño. Me lavó con paciencia, con ternura. Sus dedos pasaban por mi piel sin ningún apuro, como si cada rincón mereciera ser atendido.


Cuando volvimos a la cama, me miró a los ojos:

—No se trata solo de placer. Se trata de conocerte, de ayudarte a descubrir lo que te gusta. Yo no vine a domarte. Vine a acompañarte a que aprendas a complacer… pero sobre todo, a complacerte a vos misma.


Esa noche dormimos abrazados. No como Amo y sumisa, sino como dos personas que se habían entregado sin miedo. Me dormí con una sonrisa suave, con la piel aún sensible, y el alma un poco más libre.


Aprendí que someterse no es rendirse.

Aprendí que complacer no es perderse.

Aprendí que cuando hay confianza, el deseo se vuelve arte.

Y que el placer, cuando se honra, se transforma en un camino de descubrimiento.


Porque no hay mayor poder que el de una sumisa que elige… y se elige.




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