[RELATO ERÓTICO] Me Pidió Que Me Portara Bien… ¿Pero Cómo Se Hace Eso Cuando Lo Deseás Así?


 

Después de la noche de pasión con mi jefe, hubo que volver a la oficina. Nunca planteamos cómo iba a ser el trato, así que estaba muy nerviosa y expectante. La empresa, "Beta Celta", tiene la prohibición estricta de relaciones entre empleados. Los nervios de verlo otra vez me invadían; no podía evitar pensar en qué pasaría si alguien se diera cuenta.

Eran las 12 del mediodía, hora del almuerzo, y llegó él, con su pelo medio recogido, su camisa negra con una corbata beige, y su traje gris perla. Su perfume me invadía y me excitaba pensar en esa noche mágica.

Esperé su reacción y fue más frío que de costumbre; ni siquiera cruzamos miradas. Me llamó a su oficina y el miedo a lo prohibido me invadió. Pensaba en ponerme de rodillas y entregarme a sus órdenes, pero no podía. Así que simplemente puse mis brazos hacia atrás, en mi espalda, como si estuvieran atados, y esperé que me hablara.

Su voz de hombre fuerte pronunció una orden directa:

 —Debes cumplir con todas tus tareas hoy… y ser una buena niña.

Mi sangre se alborotó; me mojé. Después me dejó ir a seguir con mi trabajo.

No me aguantaba las ganas, así que tuve que ir al baño y me toqué. Mi clítoris estaba hinchado, mis labios mojados; mi cuerpo necesitaba un orgasmo. Me froté, me penetré con mis dedos, seguí acariciando mi clítoris; me mojaba y mi cuerpo empezó a sentir el orgasmo venir. Aumenté la velocidad… y sí, llegó el clímax… y con él, el relax. Pero mi mente no entendía aún el poder que él tenía sobre mí.

Los días pasaron con distancia y frialdad; la espera era interminable y la ansiedad, incontrolable. De repente, un ramo de rosas rojas llegó a mi escritorio, con una nota que decía:

 "En el mismo lugar, a la misma hora. Tu Amo."

Y yo supe que era él.

 Mis compañeros, alborotados, preguntaban quién era el afortunado, porque siempre fui muy seria en mi trabajo, nunca un romance de oficina.

¿Qué me tendría preparado esta vez? Su frialdad me ponía nerviosa, pero pensar en el cuarto de la luz roja me hacía sentir que podía con todo.

Viernes, 22 hs. El Uber me pasó a buscar y el viaje fue eterno. Mi estómago era un nudo, temblaba… ¿de amor? ¿Amor? ¿Esto era amor…?

Él abrió la puerta, vestido completamente de negro, con una máscara que le cubría el rostro, una especie de antifaz masculino. Su perfume, inconfundible: aroma a hombre seguro. Me recibió y me ayudó a acomodarme. En ese momento, me arrodillé. Me tomó de la cara, me ayudó a pararme y me enseñó el siguiente protocolo: me colocó un collar de cuero negro, con una argolla al frente, y me dijo:

—Mientras lo tengas puesto, serás mía. No debes quitártelo… o serás castigada.

—¿Castigada? —pregunté.

Me tomó de la cara con suavidad y me explicó:

—Si no haces todo lo que te pida, si desobedeces, serás castigada.

Me sentí tan segura. Me explicó que los castigos son cosas que no me gustan, pero siempre dentro de mis límites…

—Nadie debe romper tus límites —me dijo—. Nunca permitas que nadie, incluso yo, lo haga. Eso no es BDSM.

También me explicó que los dominantes se preocupan por sus sumisos, los cuidan y respetan. Para eso se hacen los acuerdos.

Me enseñó que, al llegar, debía quitarme la ropa y ponerme la lencería que él escogía para mí. Siempre estaba en el baño, junto con una crema perfumada que olía a vainilla; él quería que mi piel estuviera muy tersa y suave, para poder acariciarla.

Comenzó a atarme con una soga de shibari: primero me ató los brazos en la espalda; sentía cómo mis hombros se ponían tirantes, sus cuerdas firmes marcaban mi piel, pero no molestaban. Mi lencería, esta vez, era roja. La tanga tenía perlas en la parte interna que estimulaban mi clítoris y mis labios; el corpiño dejaba mis pezones expuestos y mis medias eran rojas también, con una línea que recorría desde los dedos hasta los muslos, generando un efecto de alargamiento. Los zapatos, finos y altos.

Después de atarme, me dirigió a un almohadón que estaba en el piso y me sentó allí, mientras él preparaba los elementos de juego. Su aroma invadía toda la habitación: tabaco, madera y sándalo… tan exquisito, tan único, tan hombre… tan él. Ese aroma me excitaba; quería besarlo, chuparle la verga, sentir su sabor en mi boca… pero no, él no me lo permitía.

Me ayudó a levantarme y me desató los brazos. Me pidió que caminara hasta la cama, esa cama tan gótica, con un barral y sábanas moradas. Me empujó suavemente, con delicadeza para no lastimarme, pero con firmeza. Me acomodé y me ató otra vez, esta vez al barral de la cama, de espaldas a él, culo hacia arriba, completamente expuesta.

Me acarició con sus manos calientes todo el cuerpo; sus palmas, tan suaves, recorrían mi piel y me estremecían. Vulnerable como estaba, separó mis piernas y ató mis tobillos bien separados, para poder tener mejor acceso a mi cuerpo. Esta sesión fue diferente: no hubo golpes, todo fue suave. Me acarició con una pluma, con sus manos, con su lengua… ¡su lengua! Dios…

Recuerdo la sensación de su lengua acariciando mis labios vaginales, sus labios succionando mi clítoris, su lengua penetrando mi vagina, sus movimientos… no puedo explicar la sensación, pero fue el mejor orgasmo de sexo oral de mi vida.

Me preparé para recibirlo en mi cuerpo, pero después de jugar con el mío por más de una hora, me dijo:

—Esta es tu segunda lección: vos sos mía, y yo elijo cuándo, cómo y dónde. Vos solo debés entregarte…

Lo susurró en mi oído…

Se levantó de mi lado y sirvió una copa de vino, mientras me observaba. Sus ojos negros brillaban diferente hoy. Me entregó la copa y me pidió que le contara cuáles eran mis antojos favoritos.

Dije: chocolate, gomitas, palitos de la selva, helado y mucha comida chatarra.

Me interrumpió y me dijo:

—Cuando seas una buena niña te daré algo de premio, cuando cumplas tus tareas. Pero cuando te comportes mal o no cumplas con ellas… serás castigada.

Su voz sonaba tan sensual y firme… que me abalancé a sus brazos, intenté bajarle el cierre del pantalón y tener su sabor en mis labios… pero me alejó y se fue del cuarto.

Me pidió que me vistiera y que me fuera. No entendía… ¿qué hice mal?

Me pidió que dejara todo donde lo encontré: la lencería y los zapatos en el baño.

Me esperaba un Uber en la puerta del edificio. Todo el viaje a mi casa pensaba:

 ¿Qué hice mal?

 ¿Este juego no era para tener sexo…? ¿Disfrutar juntos…?




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