Esta es mi historia a contar, para que te erotices y fantasees con ser vos quien está en mi cuarto hoy…
Son las 22 horas de un viernes, y sueño con que me llame, que me invite a tener una noche loca: los dos, drogados de deseo y ebrios de placer, sintiendo nuestros cuerpos, fundidos en besos que me hacen mojar, que despiertan en mí unas irresistibles ganas de jugar un juego muy peligroso.
Él es mi amo, mi jefe, mi dueño… pero también es mi jefe en la oficina. Yo soy una chica beta, sumisa en apariencia, obediente. Nuestra empresa se dedica a la creación y edición de libros, revistas, cómics y demás formatos digitales.
Trabajamos juntos en la corrección de un texto único: el libro de un importante Master de BDSM, un hombre que plasmó en sus páginas teorías y prácticas para enseñar a las personas a cambiar de rol; donde el dominante se entrega como sumiso, y el sumiso, por un instante, toma el control.
Yo… su compañera. Él… mi jefe.
Esa noche, la oficina quedó vacía después del horario de trabajo. Todos se fueron, menos yo, que debía terminar de corregir y traducir el libro “Llevando a la realidad al Marqués”. Un manual donde se destacaban las prácticas más intensas del BDSM. Tenía en mis manos algo más que un libro: una llave, una posibilidad, la forma de transformarme, de jugar a ser otra mujer… una niña buena o una dominatrix experimentada. ¿Es bueno eso? Me preguntaba mientras leía y traducía, perdida en mi propio mundo de fantasías.
Levanté la vista. A través del vidrio de la ventana, lo vi: él seguía en su oficina, concentrado. Y yo… yo me sentí completamente inmersa en mi fantasía.
Mi jefe… un hombre de unos 45 años, delgado, con el cabello negro, lacio y largo. Sus ojos, oscuros, analíticos, siempre saben cómo mirar para seducir, para leer lo oculto en los gestos.
Esa noche decidí dejar que el libro actuara en mí.
Entré en su oficina con una excusa tonta:
— ¿Querés que te traiga café de la máquina del pasillo? pregunté, fingiendo indiferencia — Parece que ambos vamos a quedarnos trabajando hasta tarde…
Él levantó la vista de la computadora, me miró con esa intensidad suya y sonrió:
— Ese café es una mierda. Mejor pidamos uno de Bonafide, es más rico…
Mientras decidíamos qué pedir, empezamos a hablar de cómo nos tenían esclavizados en la oficina, terminando libros y proyectos para la editorial. Entonces me preguntó si alguien me esperaba en casa.
Quería saber más de mí…
Yo sabía todo de su vida: soltero, sin hijos, viviendo solo en un departamento enorme, acompañado únicamente por sus fantasmas.
Sus ojos cambiaron de expresión cuando le dije:
— Vivo con mi hija y nuestro gato. Ella ya es grande… no necesita que la cuide tanto.
Creo que no se imaginaba que, con mi cuerpo, con mi piel tersa, con mi belleza intacta, fuera madre y que tuviera casi su misma edad.
Él siempre soñó con formar una familia… pero la vida no se lo permitió.
La charla volvió al trabajo. Me preguntó:
— ¿Qué pensás del libro que estás corrigiendo? ¿Creés que ese estilo de vida es posible? ¿Que alguien puede entregarse a otro, de forma tan absoluta?
Yo… que solo quería atarlo, restringir sus sentidos y hacerlo sentir un placer superior… le respondí con lo que había aprendido:
— El sumiso siempre tiene el poder. Al marcar los límites, la seguridad hace que exista esa entrega…
Él sonrió.
Llegó el café y la charla siguió, cada vez más cargada de tensión, de esa energía silenciosa que no necesita palabras.
Su siguiente pregunta me atravesó:
— ¿Qué te gustaría ser… dominante o sumisa?
No lo dudé.
— Quiero ser tu Dómina… quiero que te entregues como nunca lo hiciste.
Él dejó la taza a un lado, como si con ese gesto dejara atrás el trabajo y la razón.
— Deberíamos tomarnos un descanso…
Puso música suave, mientras me miraba con sus ojos de análisis, intentando leer mis expresiones. Yo sabía que teníamos tantas cosas en común…
Fantaseaba con acariciar su piel con mis uñas, con jugar con su cuerpo de una forma en la que nadie lo haya hecho antes…
Me dejé analizar por sus ojos negros, oscuros como la noche que nos envolvía.
Ambos vestíamos ropa de oficina: él, un pantalón negro y una camisa bordó; yo, una falda tubo azul oscuro, una camisa blanca, mis medias de liga negras y unos tacos altos que dibujaban una figura casi perfecta.
Se acercó, después de preguntar con voz grave:
— ¿Cuál sería tu juego de rol conmigo?
Me tomó de la cintura, con una seguridad deliciosa...
Espero que te haya gustado, si queres saber como continua, deja me un comentario, besos!


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